Por la mañana salía nuestro vuelo a Los Ángeles. Al llegar al aeropuerto, nos recogieron y nos llevaron a nuestro hotel, el mítico Millenium Biltmore. Allí es donde se celebraron las primeras ceremonias de los Óscars y conserva todo el encanto. Las habitaciones no son muy modernas, pero los salones y los espacios comunes son impresionantes.
No teníamos muy claro cómo empezar nuestra ruta de un sólo día por Los Ángeles. La ciudad es enorme y es difícil situarse nada más llegar. Nosotros estábamos en el Downtown, así que cogimos el metro hasta Hollywood. Allí nada más bajarnos, ya estábamos caminando por el paseo de la fama.
Al poco de andar nos tropezamos con el teatro chino.
Estuvimos por allí curioseando y viendo las huellas de los famosos. Luego entramos a un centro comercial que está al lado y desde el que se puede ver el cartel de Hollywood si subes a la terraza.
Seguimos paseando por allí y poco más nos quedaba que hacer. La verdad es que decepciona un poco. Es todo como de cartón piedra, masificado de turistas y con poco que ver. De allí fuimos andando (¡error!) hacia Sunset Bulevard y luego hacia Melrose. Otra paliza de andar por nuestra reticencia a coger medios de transporte, jaja. De camino poco había que ver. Como te salgas de las zonas turísticas sólo ves naves industriales, descampados y lavaderos de coches, muy bonito.
Menos mal que de camino nos encontramos con un sitio de perritos que nos habían recomendado, el Pink's Hot Dogs. Decían que eran los mejores perritos de L.A. Yo añado que son los mejores perritos que he probado. La cola daba la vuelta al local, pero mereció la pena la espera.
El local es modestito, pero está lleno de fotos de famosos. Por allí se paseaba la dueña toda vestida de rosa, con un bolso de mano con forma de perrito, jaja.
Había mil tipos de perritos, era imposible decidirse. Optamos por los más light ;)
Los hot dogs fueron lo mejor de Los Ángeles, jaja. El resto nos decepcionó.
Después de comer estuvimos paseando por Melrose. Intentamos coger un bus para ir a Beverly Hills, pero era domingo y por allí no aparecía ni el gato. Tuvimos que coger un taxi que nos dejó cerca de Rodeo Drive.
Dimos una vuelta alucinando con lo que hay por ahí. Pasan a cada rato los autobuses y los tours llenos de gente como descosidos haciendo fotos a las tiendas de firmas. ¡Una locura!
Al cabo de un rato, como no había gran cosa que ver y estábamos muertos, decidimos que nuestro día en L.A. ya había acabado. Logramos pillar un bus y nos volvimos al hotel. No sé cuántas horas seguidas dormimos, pero fueron muchas.
Al día siguiente nos levantamos, desayunamos, preparamos las maletas y nos fuimos al aeropuerto. Nuestro viaje de novios había terminado. Ohhhhhhhhhhhhhhhhh
¡Hasta la próxima!
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Luna de miel Polinesia-Costa Oeste: Los Ángeles
domingo, 21 de octubre de 2012
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Luna de miel Polinesia-Costa Oeste: del Paraíso a la realidad. La Costa de Los Ángeles
miércoles, 10 de octubre de 2012
La última mañana en Bora Bora estuvimos en la playa y a mediodía nos recogieron en el hotel para llevarnos al aeropuerto. Menos mal que no vinieron a tocar el ukelele para despedirnos en el muelle, porque si no, me habría echado a llorar. Cogimos un vuelo de vuelta a Papeete, donde íbamos a estar unas horas para conocer la ciudad antes de tomar nuestro vuelo a Los Ángeles. La pena es que era domingo y había poco que hacer. La ciudad no es muy grande. Queríamos ir al mercado, pero estaba cerrado. Nos resignamos a pasear y esperar la puesta de sol en el puerto, menos mal que no nos defraudó.
Después nos fuimos a cenar a las famosas roulottes. A partir de las 8 de la tarde o así empiezan a parar en el puerto de Pappete autocaravanas que son restaurantes de todo tipo. Montan sus mesas y comienzan a cocinar. Las hay de todo tipo, aunque abundan las de comida china, italina, japonesa y polinesia. Es muy curioso ver cómo tienen montadas auténticas cocinas ambulantes. Nosotros nos tomamos unas pizzas y poco después nos recogieron para ir al aeropuerto. Hasta siempre, Polinesia.
Llegamos por la mañana a Los Ángeles, donde habíamos alquilado un coche. Fuimos a recogerlo al rent a car y salimos hacia la costa. Toda una experiencia conducir por las calles de los Ángeles. La primera parada fue en Manhattan Beach. La estampa parecía salida de "Los vigilantes de la playa".
Esa noche teníamos el hotel en San Luis Obispo, así que fuimos por la carretera de la costa parando en muchos sitios.
La siguiente parada fue en Venice Beach. El ambiente es una pasada. Puedes encontrar cualquier cosa, empezando por las típicas rubias operadas patinando o paseando perritos. Todo está lleno de puestos, tiendas, artistas callejeros. El ambiente es realmente chulo.
Eso sin hablar de la famosa Muscle Beach, un gimnasio al aire libre lleno de petados flipados, jaja.
Después paramos en Santa Mónica. Estuvimos dando una vuelta por el muelle, el parque de atracciones y los puestos callejeros y nos comimos nuestra primera hamburguesa en el estado de California, jaja (que, siendo sinceros, tampoco fue para tirar cohetes). Luego fuimos al centro de compras a Third Street Promenade y nos resarcimos de la mediocre hamburguesa con un super batido en el Johnny Rockets, rememorando el de mil y pico calorías que nos tomamos en Nueva York el año anterior en South Street Seaport. Esta vez compartimos uno para los dos, no queríamos morir...
Ya tocaba salir para San Luis Obispo porque se hacía tarde y nos quedaba todavía un trecho. Pasamos por Malibú y luego nos metimos en el parque nacional Los Padres, en el que nos anocheció. Estuvimos todo el camino bromeando con encontrarnos un oso y, cuando ya casi íbamos a salir, nos tropezamos con un ciervo que apareció en medio de la nada. ¡Menudo susto! Sin más percances llegamos al motel de San Luis donde pillamos wifi por primera vez en todo el viaje. Tuvimos entretenimiento para rato contando a nuestros amigos y familia lo bien que lo habíamos pasado en Polinesia.
Intentamos no obstante no acostarnos muy tarde, después de pasar la noche anterior en el avión estábamos hechos polvo y de nuevo con jet lag.
Después nos fuimos a cenar a las famosas roulottes. A partir de las 8 de la tarde o así empiezan a parar en el puerto de Pappete autocaravanas que son restaurantes de todo tipo. Montan sus mesas y comienzan a cocinar. Las hay de todo tipo, aunque abundan las de comida china, italina, japonesa y polinesia. Es muy curioso ver cómo tienen montadas auténticas cocinas ambulantes. Nosotros nos tomamos unas pizzas y poco después nos recogieron para ir al aeropuerto. Hasta siempre, Polinesia.
Llegamos por la mañana a Los Ángeles, donde habíamos alquilado un coche. Fuimos a recogerlo al rent a car y salimos hacia la costa. Toda una experiencia conducir por las calles de los Ángeles. La primera parada fue en Manhattan Beach. La estampa parecía salida de "Los vigilantes de la playa".
Esa noche teníamos el hotel en San Luis Obispo, así que fuimos por la carretera de la costa parando en muchos sitios.
La siguiente parada fue en Venice Beach. El ambiente es una pasada. Puedes encontrar cualquier cosa, empezando por las típicas rubias operadas patinando o paseando perritos. Todo está lleno de puestos, tiendas, artistas callejeros. El ambiente es realmente chulo.
Eso sin hablar de la famosa Muscle Beach, un gimnasio al aire libre lleno de petados flipados, jaja.
Después paramos en Santa Mónica. Estuvimos dando una vuelta por el muelle, el parque de atracciones y los puestos callejeros y nos comimos nuestra primera hamburguesa en el estado de California, jaja (que, siendo sinceros, tampoco fue para tirar cohetes). Luego fuimos al centro de compras a Third Street Promenade y nos resarcimos de la mediocre hamburguesa con un super batido en el Johnny Rockets, rememorando el de mil y pico calorías que nos tomamos en Nueva York el año anterior en South Street Seaport. Esta vez compartimos uno para los dos, no queríamos morir...
Ya tocaba salir para San Luis Obispo porque se hacía tarde y nos quedaba todavía un trecho. Pasamos por Malibú y luego nos metimos en el parque nacional Los Padres, en el que nos anocheció. Estuvimos todo el camino bromeando con encontrarnos un oso y, cuando ya casi íbamos a salir, nos tropezamos con un ciervo que apareció en medio de la nada. ¡Menudo susto! Sin más percances llegamos al motel de San Luis donde pillamos wifi por primera vez en todo el viaje. Tuvimos entretenimiento para rato contando a nuestros amigos y familia lo bien que lo habíamos pasado en Polinesia.
Intentamos no obstante no acostarnos muy tarde, después de pasar la noche anterior en el avión estábamos hechos polvo y de nuevo con jet lag.
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Luna de Miel en Polinesia-Costa Oeste: el vuelo
lunes, 1 de octubre de 2012
Hola a todos, ¡aquí estamos de nuevo!
El día 1 del viaje comenzó muyyyy tempranito, como a las cuatro y pico de la madrugada y nos quedaba por delante una larga jornada saltando de vuelo en vuelo hasta la otra punta del mundo, pero estábamos muy ilusionados.
El primer vuelo fue el Madrid-París con Air France. Primer vuelo y primer incidente: me olvidé mi ebook en el asiento :( ¡Menudo cabreo cogí! Entre tanta maleta de mano, bolso y demás, se había colado en el lateral del asiento y no lo vi cuando me levanté. ¡Tenía por delante dos vuelos de 10 y 8 horas, más o menos, sin poder leer! Lo mejor fue que apenas lo eché de menos. Nuestros vuelos Paris-Los Ángeles y Los Ángeles-Papeete fueron con Air Tahiti Nui y, la verdad, me enamoré de la compañía nada más pisar el avión. Lo primero que hicieron fue darnos un tiaré, que es su logo, a cada uno (y ya no pasaría un día en Polinesia sin un tiaré detrás de la oreja). Nunca olvidaremos ese olor, ¡qué maravilla! Todo estaba decorado con imágenes de tiarés
Las azafatas llevaban el vestido tradicional polinesio (y ellos las famosas camisas de tela estampada) y todos llevaban tiarés en el pelo; allí es común para hombres y mujeres.
Nada más subir, sonaba música tradicional polinesia. Es tan bonita, evocadora y "buenrollera" que hoy cuando la oigo se me saltan las lágrimas, ¡qué ganas de volver!
Pues ese olorcito y ese buen rollo presidió los dos vuelos. Nos dieron en cada uno una bolsita con algunas cosas para hacer el trayecto más cómodo (antifaz, tapones, auriculares, calcetines y una pegatina muy graciosa para que te dejaran dormir o te despertaran con la comida).
Echamos como pudimos las muchas horas entre siestas, películas, paseos por el pasillo y comidas. La verdad, no fue tan horrible como me imaginaba.
Llegamos a Papeete a las 10 de la noche hora local y así nos recibieron:
¡Se te quita el cansancio de golpe al oir el ukelele y ver las danzas tradicionales! Poco después nos encontramos con el segundo incidente del viaje del que ya hablamos: nos habían perdido la maleta. Lo cierto es que no nos importó demasiado (se ve que se nos estaba contagiando el buen rollo de las islas). Nos dijeron que en un par de días estaría en el hotel y, como no llevábamos nada imprescindible, nos fuimos tranquilos.
Nos estaba esperando con unos collares de flores la persona encargada del transfer al hotel de Papeete, el Radisson. ¡Casi lloramos cuando nos dijeron que nos iban a dar una suite con jacuzzi por estar de luna de miel!¡Era justo lo que necesitábamos después de 24 horas de avión y aeropuertos!
Ya sólo nos quedaba descansar, aunque yo estaba ansiosa por despertarme y ver dónde estábamos.
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El día 1 del viaje comenzó muyyyy tempranito, como a las cuatro y pico de la madrugada y nos quedaba por delante una larga jornada saltando de vuelo en vuelo hasta la otra punta del mundo, pero estábamos muy ilusionados.
El primer vuelo fue el Madrid-París con Air France. Primer vuelo y primer incidente: me olvidé mi ebook en el asiento :( ¡Menudo cabreo cogí! Entre tanta maleta de mano, bolso y demás, se había colado en el lateral del asiento y no lo vi cuando me levanté. ¡Tenía por delante dos vuelos de 10 y 8 horas, más o menos, sin poder leer! Lo mejor fue que apenas lo eché de menos. Nuestros vuelos Paris-Los Ángeles y Los Ángeles-Papeete fueron con Air Tahiti Nui y, la verdad, me enamoré de la compañía nada más pisar el avión. Lo primero que hicieron fue darnos un tiaré, que es su logo, a cada uno (y ya no pasaría un día en Polinesia sin un tiaré detrás de la oreja). Nunca olvidaremos ese olor, ¡qué maravilla! Todo estaba decorado con imágenes de tiarés
Las azafatas llevaban el vestido tradicional polinesio (y ellos las famosas camisas de tela estampada) y todos llevaban tiarés en el pelo; allí es común para hombres y mujeres.
Nada más subir, sonaba música tradicional polinesia. Es tan bonita, evocadora y "buenrollera" que hoy cuando la oigo se me saltan las lágrimas, ¡qué ganas de volver!
Pues ese olorcito y ese buen rollo presidió los dos vuelos. Nos dieron en cada uno una bolsita con algunas cosas para hacer el trayecto más cómodo (antifaz, tapones, auriculares, calcetines y una pegatina muy graciosa para que te dejaran dormir o te despertaran con la comida).
Echamos como pudimos las muchas horas entre siestas, películas, paseos por el pasillo y comidas. La verdad, no fue tan horrible como me imaginaba.
Llegamos a Papeete a las 10 de la noche hora local y así nos recibieron:
¡Se te quita el cansancio de golpe al oir el ukelele y ver las danzas tradicionales! Poco después nos encontramos con el segundo incidente del viaje del que ya hablamos: nos habían perdido la maleta. Lo cierto es que no nos importó demasiado (se ve que se nos estaba contagiando el buen rollo de las islas). Nos dijeron que en un par de días estaría en el hotel y, como no llevábamos nada imprescindible, nos fuimos tranquilos.
Nos estaba esperando con unos collares de flores la persona encargada del transfer al hotel de Papeete, el Radisson. ¡Casi lloramos cuando nos dijeron que nos iban a dar una suite con jacuzzi por estar de luna de miel!¡Era justo lo que necesitábamos después de 24 horas de avión y aeropuertos!
Ya sólo nos quedaba descansar, aunque yo estaba ansiosa por despertarme y ver dónde estábamos.
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