El despertar del primer día en San Francisco fue un poco ajetreado. Teníamos que dejar el coche de alquiler antes de una hora concreta (bien tempranito), y luego irnos a Alcatraz, que habíamos reservado la visita aquí para ese día desde dos meses antes en el primer barco que sale. Total, que dejamos el coche, volvimos corriendo al hotel, nos tomamos rápidamente un café y un muffin allí y salimos pitando para coger algún transporte público que nos llevara. Era nuestro primer día en la ciudad y, como podréis imaginar, no dominábamos nada el sistema de transportes. Teníamos que coger una línea en concreto, pero menudo cacao entre autobuses, tranvías y el cable car (menos mal que ese sí se distingue). Al final cogimos el bueno, que era lento, lentísimo, menudo estrés. No obstante, llegamos a tiempo al pier 33 para coger nuestro barco.
Recomendación para ir a San Francisco en verano: Da igual el tiempo que haga diez kilómetros antes o después de la ciudad, el clima de San Francisco va a su rollo. Total, que lo mejor es ir como una cebolla, con manga corta o tirantes, chaqueta y pañuelo, para ir adaptándose. Lo mismo estás al sol y hace calor, que te acercas al mar y corre una brisa que pela.
En el barco y en Alcatraz hace bastante, bastante fresquito. Suele correr viento y es un poco desagradable, así que se recomienda llevar algo de abrigo. La cosa es que hacía un solazo en San Francisco, pero así estaba Alcatraz:
La visita fue muy interesante. El texto de la audioguía ha ganado premios, es muy chulo. Hablan presos que estuvieron en Alcatraz y te relata los motines. Las celdas dan cosita cuando te metes, una sensación bastante agobiante.
Nos partimos de risa en la tienda de recuerdos. ¡Venden de todo! Yo estuve a punto de comprarme el típico jarro de latón con el que hacían ruido pasándolo por los barrotes, jaja. Había reproducciones de los cubiertos y los uniformes de los presos. Vendían hasta piedras que, juraban, eran de Alcatraz, jajaja. Muy curioso.
Eso sí, las vistas desde Alcatraz son muy bonitas. Sobre todo cuando no hay niebla :(
A la vuelta nos fuimos a Fisherman's Wharfa dar una vuelta y comer. No me lo esperaba así, la verdad, aquello es un parque temático. Ya sabía que iba a ser demasiado turístico, pero es que era como una feria. Igualmente, hicimos la turistada de comernos el clam chowder en el sitio más famoso, la panadería Boudin. Estaba bueno, pero lo había igual y mucho más barato en otras zonas del muelle. Aquí recorto al monstruo de las galletas para que salga bien el clam chowder:
Estuvimos paseando y curioseando tiendas y luego nos fuimos a ver a los famosos leones marinos. Decían que en esa época no había muchos, pero vamos, a nosotros nos parecieron suficientes, jaja:
La verdad es que nos cundió bastante el día. Nos tenía que cundir porque sólo teníamos dos y medio. Paseamos por todo el muelle, fuimos a la plaza Ghirardelli y a Lombard Street a ver cómo se las apañaban los coches para bajar por una de las calles más empinadas del mundo.
Nos cruzamos con el cable car, pero desistimos de subir por las colas. Nosotros solemos andar bastante. Nos pateamos las ciudades cuando vamos de viaje, estamos acostumbrados. La cosa es que la orografía en San Francisco jugaba en nuestra contra. Veíamos el plano y pensábamos "Volvemos andando, si está ahí al lado", pero no contábamos con las cuestas. ¡Deberían poner curvas de nivel en los planos de San Francisco! Acabamos hechos polvo y al día siguiente con agujetas.
Igualmente, nos volvimos andando y nos alegramos; siempre ves muchas más cosas. Atravesamos Chinatown, que es el más grande de EE.UU.
Estuvimos descansando en el hotel. Luego salimos a cenar a alguno de los sitios que nos habían recomendado y hasta el día siguiente.
Imprimir
Luna de miel Polinesia-Costa Oeste: Alcatraz y San Francisco
viernes, 12 de octubre de 2012
Publicado por
A-M
0
comentarios
Enviar por correo electrónico
Escribe un blog
Compartir en X
Compartir con Facebook
Etiquetas:
Alcatraz,
California,
San Francisco
Luna de miel Polinesia-Costa Oeste: el Big Sur y llegada a San Francisco
jueves, 11 de octubre de 2012
Por la mañana dejamos atrás San Luis Obispo y unos kilómetros después nos adentramos en el Big Sur por la Carretera Escénica Uno (la uno para los amigos). Son unos 150km de costa entre San Simeón (donde está el castillo de Randolph Hearst, al que nos acercamos aunque no entramos) y Carmel.
Dicen que es una de las carreteras más bonitas del mundo. Nosotros eso no lo sabemos porque nos quedan muchas más que ver, pero sí podemos decir que era espectacular. Era curioso el cambio de clima entre el interior y la costa. En el interior, cuando íbamos pasando entre viñedos y fincas agrícolas, hacía un perfecto día de verano; pero si te acercabas a la costa entraba una niebla fría y húmeda desde el Pacífico que bajaba en muchos grados la sensación térmica.
En este tramo lo más bonito son los acantilados y las playas. Algunas están muy escondidas, pero por eso tienen más encanto. A nosotros lo que más nos gustó fueron los elefantes marinos.
Yo iba de copiloto guía en mano leyendo que no era muy buena época para verlos y resignándome a quedarnos con las ganas. En esto que vemos gente a un lado de la carretera, paramos el coche y nos acercamos a la costa. ¡Increíble! Había un grupo en el agua liándola. Se veían un poco lejos, pero estábamos contentísimos. Lo mejor fue que había otro grupo de gente más adelante, nos acercamos y los teníamos justo en frente, mucho más cerca. Los podías observar durmiendo al sol y tirándose arena encima.
Pasamos por un pueblo llamado Gorda, donde paramos a petición de unos amigos que habían estado el año anterior, jaja.
La verdad es que el entorno era precioso.
Te quedabas embobado a cada curva y queríamos parar para hacer fotos a cada momento, pero el tiempo apremiaba, queríamos llegar a tiempo a San Francisco para poder visitar el parque nacional de Muir Woods.
No obstante, hicimos una parada en Carmel-by-the-sea, un pueblito precioso del que fue alcalde durante dos años Clint Eastwood. Lo más interesante que ver es la misión de San Carlos, fundada por Junípero Serra en 1770 y muy cuidada y bonita. También merece la pena dar una vuelta por sus calles, todas uniformes y preciosas, con casas realmente bonitas y con tiendas monísimas en las que cotillear. Parece todo salido de un cuento.
La siguiente parada era obligatoria, jajaja, ¡el outlet de Gilroy!. Gilroy es un pueblito pequeño famoso por los ajos. Allí todo tiene que ver con el ajo. Te recibe el típico cartel de bienvenida de los pueblos en EE.UU. con un ajo enorme con carita. Pero nosotros, está claro, no fuimos allí por los ajos, fuimos para entregarnos al consumismo. Esta vez teníamos menos tiempo y no arrasamos tanto como en el outlet de Nueva Jersey, pero vaya, no se nos dio mal.
Salimos de allí pitando rumbo a San Francisco. De camino nos encontramos con bastantes atascos, pero no llegamos mal de hora. Como queríamos ir a Muir Woods, teníamos que atravesar el Golden Gate. ¡Qué pasada! Había algo de niebla (¿cómo no?), pero pudimos disfrutar de las vistas. Pasamos por delante de Sausalito y Tiburón, preciosas, y nos fuimos directamente para el parque.
Llegamos cuando quedaba poco tiempo de luz, pero pudimos dar una vuelta y ver lo que habíamos venido a buscar: ¡secuoyas!
La verdad es que pensábamos que iba a ser un poco más salvaje, pero el parque estaba muy bien cuidado, con pasarelas de madera para no alterar el medio. Fue realmente impresionante.
De vuelta a San Francisco ya se nos hizo completamente de noche. Antes de ir al hotel subimos a Twin Peaks para contemplar las vistas, pero siendo noche cerrada y con mucha niebla, todo desierto y con esa carrtera empinada y llena de curvas, aquello parecía más una película de terror. No obstante, la panorámica mereció la pena.
Después nos fuimos para el hotel. Preguntamos si podíamos aparacar en la calle, pero en la recepción nos dijeron que ni se nos ocurriera. Lo más normal es que se llevase el coche la grúa. La verdad es que las señales de apacarmiento eran crípticas. Sólo se podían aparcar días muy concretos a horas señaladas y a los tres metros cambiaba totalmente el criterio, un lío. Total, que dejamos el coche en el hotel y nos olvidamos. Bajamos a cenar algo por el barrio y nos retiramos, que el día había sido muy largo.
Imprimir
Dicen que es una de las carreteras más bonitas del mundo. Nosotros eso no lo sabemos porque nos quedan muchas más que ver, pero sí podemos decir que era espectacular. Era curioso el cambio de clima entre el interior y la costa. En el interior, cuando íbamos pasando entre viñedos y fincas agrícolas, hacía un perfecto día de verano; pero si te acercabas a la costa entraba una niebla fría y húmeda desde el Pacífico que bajaba en muchos grados la sensación térmica.
En este tramo lo más bonito son los acantilados y las playas. Algunas están muy escondidas, pero por eso tienen más encanto. A nosotros lo que más nos gustó fueron los elefantes marinos.
Yo iba de copiloto guía en mano leyendo que no era muy buena época para verlos y resignándome a quedarnos con las ganas. En esto que vemos gente a un lado de la carretera, paramos el coche y nos acercamos a la costa. ¡Increíble! Había un grupo en el agua liándola. Se veían un poco lejos, pero estábamos contentísimos. Lo mejor fue que había otro grupo de gente más adelante, nos acercamos y los teníamos justo en frente, mucho más cerca. Los podías observar durmiendo al sol y tirándose arena encima.
Pasamos por un pueblo llamado Gorda, donde paramos a petición de unos amigos que habían estado el año anterior, jaja.
La verdad es que el entorno era precioso.
Te quedabas embobado a cada curva y queríamos parar para hacer fotos a cada momento, pero el tiempo apremiaba, queríamos llegar a tiempo a San Francisco para poder visitar el parque nacional de Muir Woods.
No obstante, hicimos una parada en Carmel-by-the-sea, un pueblito precioso del que fue alcalde durante dos años Clint Eastwood. Lo más interesante que ver es la misión de San Carlos, fundada por Junípero Serra en 1770 y muy cuidada y bonita. También merece la pena dar una vuelta por sus calles, todas uniformes y preciosas, con casas realmente bonitas y con tiendas monísimas en las que cotillear. Parece todo salido de un cuento.
La siguiente parada era obligatoria, jajaja, ¡el outlet de Gilroy!. Gilroy es un pueblito pequeño famoso por los ajos. Allí todo tiene que ver con el ajo. Te recibe el típico cartel de bienvenida de los pueblos en EE.UU. con un ajo enorme con carita. Pero nosotros, está claro, no fuimos allí por los ajos, fuimos para entregarnos al consumismo. Esta vez teníamos menos tiempo y no arrasamos tanto como en el outlet de Nueva Jersey, pero vaya, no se nos dio mal.
Salimos de allí pitando rumbo a San Francisco. De camino nos encontramos con bastantes atascos, pero no llegamos mal de hora. Como queríamos ir a Muir Woods, teníamos que atravesar el Golden Gate. ¡Qué pasada! Había algo de niebla (¿cómo no?), pero pudimos disfrutar de las vistas. Pasamos por delante de Sausalito y Tiburón, preciosas, y nos fuimos directamente para el parque.
Llegamos cuando quedaba poco tiempo de luz, pero pudimos dar una vuelta y ver lo que habíamos venido a buscar: ¡secuoyas!
La verdad es que pensábamos que iba a ser un poco más salvaje, pero el parque estaba muy bien cuidado, con pasarelas de madera para no alterar el medio. Fue realmente impresionante.
De vuelta a San Francisco ya se nos hizo completamente de noche. Antes de ir al hotel subimos a Twin Peaks para contemplar las vistas, pero siendo noche cerrada y con mucha niebla, todo desierto y con esa carrtera empinada y llena de curvas, aquello parecía más una película de terror. No obstante, la panorámica mereció la pena.
Después nos fuimos para el hotel. Preguntamos si podíamos aparacar en la calle, pero en la recepción nos dijeron que ni se nos ocurriera. Lo más normal es que se llevase el coche la grúa. La verdad es que las señales de apacarmiento eran crípticas. Sólo se podían aparcar días muy concretos a horas señaladas y a los tres metros cambiaba totalmente el criterio, un lío. Total, que dejamos el coche en el hotel y nos olvidamos. Bajamos a cenar algo por el barrio y nos retiramos, que el día había sido muy largo.
Imprimir
Publicado por
A-M
0
comentarios
Enviar por correo electrónico
Escribe un blog
Compartir en X
Compartir con Facebook
Etiquetas:
Big Sur,
California,
Carmel,
Gilroy,
San Francisco,
San Luis Obispo
Luna de miel Polinesia-Costa Oeste: del Paraíso a la realidad. La Costa de Los Ángeles
miércoles, 10 de octubre de 2012
La última mañana en Bora Bora estuvimos en la playa y a mediodía nos recogieron en el hotel para llevarnos al aeropuerto. Menos mal que no vinieron a tocar el ukelele para despedirnos en el muelle, porque si no, me habría echado a llorar. Cogimos un vuelo de vuelta a Papeete, donde íbamos a estar unas horas para conocer la ciudad antes de tomar nuestro vuelo a Los Ángeles. La pena es que era domingo y había poco que hacer. La ciudad no es muy grande. Queríamos ir al mercado, pero estaba cerrado. Nos resignamos a pasear y esperar la puesta de sol en el puerto, menos mal que no nos defraudó.
Después nos fuimos a cenar a las famosas roulottes. A partir de las 8 de la tarde o así empiezan a parar en el puerto de Pappete autocaravanas que son restaurantes de todo tipo. Montan sus mesas y comienzan a cocinar. Las hay de todo tipo, aunque abundan las de comida china, italina, japonesa y polinesia. Es muy curioso ver cómo tienen montadas auténticas cocinas ambulantes. Nosotros nos tomamos unas pizzas y poco después nos recogieron para ir al aeropuerto. Hasta siempre, Polinesia.
Llegamos por la mañana a Los Ángeles, donde habíamos alquilado un coche. Fuimos a recogerlo al rent a car y salimos hacia la costa. Toda una experiencia conducir por las calles de los Ángeles. La primera parada fue en Manhattan Beach. La estampa parecía salida de "Los vigilantes de la playa".
Esa noche teníamos el hotel en San Luis Obispo, así que fuimos por la carretera de la costa parando en muchos sitios.
La siguiente parada fue en Venice Beach. El ambiente es una pasada. Puedes encontrar cualquier cosa, empezando por las típicas rubias operadas patinando o paseando perritos. Todo está lleno de puestos, tiendas, artistas callejeros. El ambiente es realmente chulo.
Eso sin hablar de la famosa Muscle Beach, un gimnasio al aire libre lleno de petados flipados, jaja.
Después paramos en Santa Mónica. Estuvimos dando una vuelta por el muelle, el parque de atracciones y los puestos callejeros y nos comimos nuestra primera hamburguesa en el estado de California, jaja (que, siendo sinceros, tampoco fue para tirar cohetes). Luego fuimos al centro de compras a Third Street Promenade y nos resarcimos de la mediocre hamburguesa con un super batido en el Johnny Rockets, rememorando el de mil y pico calorías que nos tomamos en Nueva York el año anterior en South Street Seaport. Esta vez compartimos uno para los dos, no queríamos morir...
Ya tocaba salir para San Luis Obispo porque se hacía tarde y nos quedaba todavía un trecho. Pasamos por Malibú y luego nos metimos en el parque nacional Los Padres, en el que nos anocheció. Estuvimos todo el camino bromeando con encontrarnos un oso y, cuando ya casi íbamos a salir, nos tropezamos con un ciervo que apareció en medio de la nada. ¡Menudo susto! Sin más percances llegamos al motel de San Luis donde pillamos wifi por primera vez en todo el viaje. Tuvimos entretenimiento para rato contando a nuestros amigos y familia lo bien que lo habíamos pasado en Polinesia.
Intentamos no obstante no acostarnos muy tarde, después de pasar la noche anterior en el avión estábamos hechos polvo y de nuevo con jet lag.
Después nos fuimos a cenar a las famosas roulottes. A partir de las 8 de la tarde o así empiezan a parar en el puerto de Pappete autocaravanas que son restaurantes de todo tipo. Montan sus mesas y comienzan a cocinar. Las hay de todo tipo, aunque abundan las de comida china, italina, japonesa y polinesia. Es muy curioso ver cómo tienen montadas auténticas cocinas ambulantes. Nosotros nos tomamos unas pizzas y poco después nos recogieron para ir al aeropuerto. Hasta siempre, Polinesia.
Llegamos por la mañana a Los Ángeles, donde habíamos alquilado un coche. Fuimos a recogerlo al rent a car y salimos hacia la costa. Toda una experiencia conducir por las calles de los Ángeles. La primera parada fue en Manhattan Beach. La estampa parecía salida de "Los vigilantes de la playa".
Esa noche teníamos el hotel en San Luis Obispo, así que fuimos por la carretera de la costa parando en muchos sitios.
La siguiente parada fue en Venice Beach. El ambiente es una pasada. Puedes encontrar cualquier cosa, empezando por las típicas rubias operadas patinando o paseando perritos. Todo está lleno de puestos, tiendas, artistas callejeros. El ambiente es realmente chulo.
Eso sin hablar de la famosa Muscle Beach, un gimnasio al aire libre lleno de petados flipados, jaja.
Después paramos en Santa Mónica. Estuvimos dando una vuelta por el muelle, el parque de atracciones y los puestos callejeros y nos comimos nuestra primera hamburguesa en el estado de California, jaja (que, siendo sinceros, tampoco fue para tirar cohetes). Luego fuimos al centro de compras a Third Street Promenade y nos resarcimos de la mediocre hamburguesa con un super batido en el Johnny Rockets, rememorando el de mil y pico calorías que nos tomamos en Nueva York el año anterior en South Street Seaport. Esta vez compartimos uno para los dos, no queríamos morir...
Ya tocaba salir para San Luis Obispo porque se hacía tarde y nos quedaba todavía un trecho. Pasamos por Malibú y luego nos metimos en el parque nacional Los Padres, en el que nos anocheció. Estuvimos todo el camino bromeando con encontrarnos un oso y, cuando ya casi íbamos a salir, nos tropezamos con un ciervo que apareció en medio de la nada. ¡Menudo susto! Sin más percances llegamos al motel de San Luis donde pillamos wifi por primera vez en todo el viaje. Tuvimos entretenimiento para rato contando a nuestros amigos y familia lo bien que lo habíamos pasado en Polinesia.
Intentamos no obstante no acostarnos muy tarde, después de pasar la noche anterior en el avión estábamos hechos polvo y de nuevo con jet lag.
Publicado por
A-M
0
comentarios
Enviar por correo electrónico
Escribe un blog
Compartir en X
Compartir con Facebook
Etiquetas:
Bora Bora,
California,
Los Ángeles,
Malibú,
Papeete,
Polinesia,
San Luis Obispo,
Santa Mónica
Luna de miel Polinesia-Costa Oeste: Bora Bora III. El overwater
martes, 9 de octubre de 2012
El día siguiente fuimos a primera hora a la capital de Bora Bora, Vaitape. Nos llevó una furgoneta del hotel y nos dejó allí un par de horas, más que suficientes para ver una calle con algunas tiendas y el puerto, eso era todo. Estuvimos paseando y viendo tiendas de perlas, un mercado tradicional y comprando algunos regalos. En la Polinesia lo mejor que puedes traerte es perlas (si te da el prespuesto), monoi (aceite de coco aromatizado con tiaré), pareos y complementos hechos con conchas. Es muy bonita la artesanía de allí. Los diseños de los pareos son preciosos y las perlas, ¿qué os voy a contar? Nada es barato, eso es cierto, pero hay que saber dónde comprar, nunca en los hoteles y sí en el mercado de Papeete o en los de los pueblecitos de las islas. Hay muchísima diferencia.
Cuando volvimos al hotel a media mañana decidimos que nos íbamos a quedar todo el día en nuestro overwater. ¡Había que disfrutarlo!
Lo cierto es que era una auténtica pasada. Teníamos el de la punta, así que delante nuestra sólo estaba la laguna y los motus lejanos. Dentro de la habitación teníamos una ventana en el suelo desde la que se veía el agua transparente y los peces.
Esta era la vista desde la cama:
Lo mejor era la terraza privada con hamacas y el muellecito con escalerilla y ducha para poder tirarnos al agua. No nos hacía falta ir a la playa, y eso que la teníamos al lado. Una pasada.
Podíamos bucear en el jardín de coral que había al lado de los overwater. Un proyecto para la recuperación de los corales que se perdieron con un ciclón que hubo.
También cogíamos pan en el desayuno y nos echábamos el rato dando de comer a los peces desde nuestro muelle, venían muchísimos.
El último día nos regalaron una botella de vino blanco y unos macarons. Nos lo bebimos en nuestra terraza viendo atardecer. Un lujo.
La última noche había un espectáculo de danzas en el hotel. Al día siguiente nos despertamos y nos fuimos a ver nuestro último amanecer en la Polinesia. Había sido la semana más bonita de mi vida. No conozco el paraíso, pero debe ser algo muy parecido.
Imprimir
Cuando volvimos al hotel a media mañana decidimos que nos íbamos a quedar todo el día en nuestro overwater. ¡Había que disfrutarlo!
Lo cierto es que era una auténtica pasada. Teníamos el de la punta, así que delante nuestra sólo estaba la laguna y los motus lejanos. Dentro de la habitación teníamos una ventana en el suelo desde la que se veía el agua transparente y los peces.
Esta era la vista desde la cama:
Lo mejor era la terraza privada con hamacas y el muellecito con escalerilla y ducha para poder tirarnos al agua. No nos hacía falta ir a la playa, y eso que la teníamos al lado. Una pasada.
Podíamos bucear en el jardín de coral que había al lado de los overwater. Un proyecto para la recuperación de los corales que se perdieron con un ciclón que hubo.
También cogíamos pan en el desayuno y nos echábamos el rato dando de comer a los peces desde nuestro muelle, venían muchísimos.
El último día nos regalaron una botella de vino blanco y unos macarons. Nos lo bebimos en nuestra terraza viendo atardecer. Un lujo.
La última noche había un espectáculo de danzas en el hotel. Al día siguiente nos despertamos y nos fuimos a ver nuestro último amanecer en la Polinesia. Había sido la semana más bonita de mi vida. No conozco el paraíso, pero debe ser algo muy parecido.
Imprimir
Luna de miel Polinesia-Costa Oeste: Bora Bora II
lunes, 8 de octubre de 2012
Lo que no podíamos imaginar es que nuestro segundo día en Bora Bora iba a ser aún mejor que el primero.
Habíamos contratado el día anterior una excursión. Como en el caso de Moorea, también lo habíamos consultado antes en foros y leído todo tipo de opiniones. Total, que cuando llegamos allí lo teníamos clarísimo: queríamos el Ecotour.
Nos recogieron en el muelle por la mañana. Éramos ocho, seis italianos y nosotros. La verdad es que en Polinesia hay muchísimo turismo italiano; junto con los franceses, son los más numerosos. Españoles apenas nos cruzamos a tres parejas en un sitio o en otro.
El guía de la excursión se llamaba Aia, y era un crack. También el piloto. El buen rollo y las risas presidieron todo el día. Íbamos en la lancha con una mezcla de música reggae, rap, disco estilo polinesio a toda pastilla (desde entonces me encanta), y divirtiéndonos muchísimo con las ocurrencias de Aia.
Nos dieron una vuelta por toda la laguna y seguíamos sin creer el color del agua que nos rodeaba.
La excursión tenía varias paradas. En la primera nos llevaron a un arrecife de coral donde vimos peces de colores increíbles. Le daban de comer y nos rodeaban por todas partes.¡Fue alucinante! Hicimos miles de fotos y vídeos con la gopro.
Nos dejaron un buen rato nadando por allí. La verdad es que no nos queríamos ir, pero la siguiente parada fue aún más alucinante. Nos llevaron a un sitio donde el agua sólo te cubría hasta la cintura. Ya cuando nos acercábamos empezamos a ver desde arriba lo que nos esperaba: rayas, muchas rayas.
Es cierto que daba algo de cosa tirarse al agua con esos bichos tan enormes rodeándonos, pero cuando veías que no te hacían nada, no querías irte. Por arriba pinchan un poco, sobre todo la cola, que si te roza fuerte, puede hacerte daño; pero por abajo eran muy suaves, con un tacto un poco gelatinoso. Por lo visto, llevan unos veinte años alimentándolas en esa zona, así que están más que acostumbradas a los seres humanos y son como perritos. Es ver a alguien en el agua y rodearlo. Nos sacaron a una y la estuvimos acariciando y dándole besos, jaja. La mitad de la excursión no quiso ni meterse en el agua, pero nosotros lo pasamos genial con las rayas.
La siguiente parada iba a ser un poco más heavy. Nos salimos de la barrera de coral al océano y aquí podéis ver a los amigos que nos estaban esperando.
Cuando divisamos uno suelto de lejos, Aia nos decía en italiano que no nos preocupáramos, que eran tonno, atún, jajaja. Cuando llegamos y echamos el ancha empezó a animarnos a saltar diciendo "Come on, shark food", jaja.
Yo fui la primera en tirarme al agua. Sólo nos quisimos meter tres de los ocho que éramos. Nosotros no nos lo podíamos perder. La verdad es que impresionaban mucho tan de cerca. Había dos especies de tiburones, los punta negra, de 1,5 a 2 metros y, al fondo, los limón, que podían llegar a 3 metros. En teoría, los punta negra no hacen nada. Los limón un poco más, pero no suben a la superficie, los veías allí abajo tranquilos.
No me voy a hacer la valiente. Cuando te tiras con las gafas y las aletas y miras por primera vez debajo del agua, da bastante impresión verte rodeada de tiburones. Cuando empiezas a darte cuenta de que pasan de ti, ya te vas envalentonando y empiezas a perseguirlos. Eso sí, cuando alguno cambiaba de rumbo inesperadamente y los veías de frente con esos ojos rayados y esas bocas pensabas "¿Qué narices hago yo aquí?". Los limón impresionaban más, eran muy grandes.
Fue una experiencia increíble que no olvidaremos nunca. Después de un rato, nos subimos de nuevo al barco y nos fuimos al sitio donde íbamos a comer. A este motu.
Era una islita totalmente desierta. Sólo había un par de chozas con mesas y bancos y una barbacoa. Aia y el piloto nos hicieron de comer un menú polinesio 100%. Todo muy bueno. Pescado y pollo a la brasa, bizcocho de coco, poison cru (el plato nacional, podíamos decir, que consiste en pescado crudo macerado en lima y leche de coco), algún guiso con plátano, tubérculos hervidos y piña, todo ello regado con cerveza Hinano, la marca polinesia de cerveza más famosa junto con Tabu. Lo mejor era la presentación y los platos en los que comimos, hechos con hojas de palmera. Todo muy exótico.
Después de esto nos hicieron demostraciones sobre modos de ponerse el pareo (otra más, en el hotel también nos habían hecho una) y ya nos volvimos rumbo al hotel. No queríamos que se acabara, había sido un día increíble.
En nuestra opinión, esta excursión es la mejor de las que te pueden ofrecer en Bora Bora. Son muy populares las del Lagoonarium, una especie de acuario donde también puedes nadar con rayas y tiburones, pero nada comparable con hacerlo en el mar abierto, en su medio. Este tipo de excursiones las puedes contratar en todos los hoteles y son la mejor opción en Bora Bora. Una experiencia inolvidable.
Imprimir
Habíamos contratado el día anterior una excursión. Como en el caso de Moorea, también lo habíamos consultado antes en foros y leído todo tipo de opiniones. Total, que cuando llegamos allí lo teníamos clarísimo: queríamos el Ecotour.
Nos recogieron en el muelle por la mañana. Éramos ocho, seis italianos y nosotros. La verdad es que en Polinesia hay muchísimo turismo italiano; junto con los franceses, son los más numerosos. Españoles apenas nos cruzamos a tres parejas en un sitio o en otro.
El guía de la excursión se llamaba Aia, y era un crack. También el piloto. El buen rollo y las risas presidieron todo el día. Íbamos en la lancha con una mezcla de música reggae, rap, disco estilo polinesio a toda pastilla (desde entonces me encanta), y divirtiéndonos muchísimo con las ocurrencias de Aia.
Nos dieron una vuelta por toda la laguna y seguíamos sin creer el color del agua que nos rodeaba.
La excursión tenía varias paradas. En la primera nos llevaron a un arrecife de coral donde vimos peces de colores increíbles. Le daban de comer y nos rodeaban por todas partes.¡Fue alucinante! Hicimos miles de fotos y vídeos con la gopro.
Nos dejaron un buen rato nadando por allí. La verdad es que no nos queríamos ir, pero la siguiente parada fue aún más alucinante. Nos llevaron a un sitio donde el agua sólo te cubría hasta la cintura. Ya cuando nos acercábamos empezamos a ver desde arriba lo que nos esperaba: rayas, muchas rayas.
Es cierto que daba algo de cosa tirarse al agua con esos bichos tan enormes rodeándonos, pero cuando veías que no te hacían nada, no querías irte. Por arriba pinchan un poco, sobre todo la cola, que si te roza fuerte, puede hacerte daño; pero por abajo eran muy suaves, con un tacto un poco gelatinoso. Por lo visto, llevan unos veinte años alimentándolas en esa zona, así que están más que acostumbradas a los seres humanos y son como perritos. Es ver a alguien en el agua y rodearlo. Nos sacaron a una y la estuvimos acariciando y dándole besos, jaja. La mitad de la excursión no quiso ni meterse en el agua, pero nosotros lo pasamos genial con las rayas.
La siguiente parada iba a ser un poco más heavy. Nos salimos de la barrera de coral al océano y aquí podéis ver a los amigos que nos estaban esperando.
Cuando divisamos uno suelto de lejos, Aia nos decía en italiano que no nos preocupáramos, que eran tonno, atún, jajaja. Cuando llegamos y echamos el ancha empezó a animarnos a saltar diciendo "Come on, shark food", jaja.
Yo fui la primera en tirarme al agua. Sólo nos quisimos meter tres de los ocho que éramos. Nosotros no nos lo podíamos perder. La verdad es que impresionaban mucho tan de cerca. Había dos especies de tiburones, los punta negra, de 1,5 a 2 metros y, al fondo, los limón, que podían llegar a 3 metros. En teoría, los punta negra no hacen nada. Los limón un poco más, pero no suben a la superficie, los veías allí abajo tranquilos.
No me voy a hacer la valiente. Cuando te tiras con las gafas y las aletas y miras por primera vez debajo del agua, da bastante impresión verte rodeada de tiburones. Cuando empiezas a darte cuenta de que pasan de ti, ya te vas envalentonando y empiezas a perseguirlos. Eso sí, cuando alguno cambiaba de rumbo inesperadamente y los veías de frente con esos ojos rayados y esas bocas pensabas "¿Qué narices hago yo aquí?". Los limón impresionaban más, eran muy grandes.
Fue una experiencia increíble que no olvidaremos nunca. Después de un rato, nos subimos de nuevo al barco y nos fuimos al sitio donde íbamos a comer. A este motu.
Era una islita totalmente desierta. Sólo había un par de chozas con mesas y bancos y una barbacoa. Aia y el piloto nos hicieron de comer un menú polinesio 100%. Todo muy bueno. Pescado y pollo a la brasa, bizcocho de coco, poison cru (el plato nacional, podíamos decir, que consiste en pescado crudo macerado en lima y leche de coco), algún guiso con plátano, tubérculos hervidos y piña, todo ello regado con cerveza Hinano, la marca polinesia de cerveza más famosa junto con Tabu. Lo mejor era la presentación y los platos en los que comimos, hechos con hojas de palmera. Todo muy exótico.
Después de esto nos hicieron demostraciones sobre modos de ponerse el pareo (otra más, en el hotel también nos habían hecho una) y ya nos volvimos rumbo al hotel. No queríamos que se acabara, había sido un día increíble.
En nuestra opinión, esta excursión es la mejor de las que te pueden ofrecer en Bora Bora. Son muy populares las del Lagoonarium, una especie de acuario donde también puedes nadar con rayas y tiburones, pero nada comparable con hacerlo en el mar abierto, en su medio. Este tipo de excursiones las puedes contratar en todos los hoteles y son la mejor opción en Bora Bora. Una experiencia inolvidable.
Imprimir
Luna de miel Polinesia-Costa Oeste: Bora Bora I
domingo, 7 de octubre de 2012
El día de nuestra partida nos despedimos del hotel y de su gente con mucha pena. Había sido una estancia de película. Agradecimos especialmente a Vaitiare, una chica en recepción que hablaba español, lo mucho que nos habían facilitado todo. Nos regalaron collares de conchas y nos fuimos.
Nos recogieron en el hotel y nos llevaron de nuevo al aeropuerto, justo al lado. Estábamos nerviosos y emocionados. ¡Nos íbamos a Bora Bora!
En el vuelo no sabíamos dónde ponernos (puedes elegir asiento). Habíamos leído en foros de viajes que al lado derecho eran las mejores vistas. Lo cierto es que eran magníficas a ambos lados. Bora Bora es una isla alargada y estrecha, con muchos motus (islotes) alrededor y todo circundado por la barrera de coral. Desde el cielo era impresionante. Y desde el suelo más. El aeropuerto está en un motu alargado en medio del agua más turquesa que os podáis imaginar.
Era muy gracioso, porque era diminuto, como en Moorea, una choza apenas y un embarcadero, con los barcos que te llevaban a cada hotel. Sólo tenías que bajarte, buscar el de tu hotel y ya está. Había empleados de los hoteles para recibirte,te daban collares de flores y te conducían a tu barco.
El primer paseo en barco hasta el hotel por la laguna fue alucinante. En mi vida he visto un turquesa igual en el agua. ¡Y eso que estaba nublado!
Nuestro hotel también era el Sofitel, como en Moorea. Al llegar, te recibían en el muelle tocando el ukelele y haciendo sonar una gran caracola. Era muy gracioso.
Llegamos y nos instalamos. Nos explicaron que podíamos ir y venir en barco entre las dos partes del hotel (una en la isla más grande y otra en un islote), así que cogimos los snorkels y las toallas y nos fuimos al motu. Era una islita minúscula, con sitio para las dependencias comunes del hotel y poco más. El resto era vegetación y muelles con los overwater. Había dos playas muy pequeñas, preciosas y desiertas. No necesitábamos nada más.
Por allí estaba Giovanni, como el se autodenominaba "el chico de la playa", que nos sacó unas preciosas hamacas en forma de hoja. Chapurreaba algo de español y era muy simpático (como todos los polinesios, la verdad). Estuvo dándonos cocos para beber y dejándonos coronas de flores para hacernos fotos. Un encanto.
Le preguntamos dónde estaba la gente, porque no podiamos creer que la playa más bonita que hubiésemos visto nunca estuviera sólo para nosotros. Nos dijo que estarían de excursión o en los overwater. Hicimos miles de fotos, saltando (como acostumbramos), con coco, sin coco, en el muelle, en el agua... no nos cansábamos.
Había también en la playa una cama balinesa preciosa en la que echamos el resto del día, hasta ver el atardecer.
Nuestro primer día en Bora Bora había sido un sueño.
Imprimir
Nos recogieron en el hotel y nos llevaron de nuevo al aeropuerto, justo al lado. Estábamos nerviosos y emocionados. ¡Nos íbamos a Bora Bora!
En el vuelo no sabíamos dónde ponernos (puedes elegir asiento). Habíamos leído en foros de viajes que al lado derecho eran las mejores vistas. Lo cierto es que eran magníficas a ambos lados. Bora Bora es una isla alargada y estrecha, con muchos motus (islotes) alrededor y todo circundado por la barrera de coral. Desde el cielo era impresionante. Y desde el suelo más. El aeropuerto está en un motu alargado en medio del agua más turquesa que os podáis imaginar.
Era muy gracioso, porque era diminuto, como en Moorea, una choza apenas y un embarcadero, con los barcos que te llevaban a cada hotel. Sólo tenías que bajarte, buscar el de tu hotel y ya está. Había empleados de los hoteles para recibirte,te daban collares de flores y te conducían a tu barco.
El primer paseo en barco hasta el hotel por la laguna fue alucinante. En mi vida he visto un turquesa igual en el agua. ¡Y eso que estaba nublado!
Nuestro hotel también era el Sofitel, como en Moorea. Al llegar, te recibían en el muelle tocando el ukelele y haciendo sonar una gran caracola. Era muy gracioso.
Llegamos y nos instalamos. Nos explicaron que podíamos ir y venir en barco entre las dos partes del hotel (una en la isla más grande y otra en un islote), así que cogimos los snorkels y las toallas y nos fuimos al motu. Era una islita minúscula, con sitio para las dependencias comunes del hotel y poco más. El resto era vegetación y muelles con los overwater. Había dos playas muy pequeñas, preciosas y desiertas. No necesitábamos nada más.
Por allí estaba Giovanni, como el se autodenominaba "el chico de la playa", que nos sacó unas preciosas hamacas en forma de hoja. Chapurreaba algo de español y era muy simpático (como todos los polinesios, la verdad). Estuvo dándonos cocos para beber y dejándonos coronas de flores para hacernos fotos. Un encanto.
Le preguntamos dónde estaba la gente, porque no podiamos creer que la playa más bonita que hubiésemos visto nunca estuviera sólo para nosotros. Nos dijo que estarían de excursión o en los overwater. Hicimos miles de fotos, saltando (como acostumbramos), con coco, sin coco, en el muelle, en el agua... no nos cansábamos.
Había también en la playa una cama balinesa preciosa en la que echamos el resto del día, hasta ver el atardecer.
Nuestro primer día en Bora Bora había sido un sueño.
Imprimir
Luna de miel Polinesia-Costa Oeste: Moorea III
sábado, 6 de octubre de 2012
El segundo día en Moorea volvimos a despertarnos muy temprano, pero esta vez no me conformaba con ver el amancer desde la playa, quería bañarme. Nos cambiamos y salimos corriendo a la playa (totalmente desierta) y nos metimos en el agua, que estaba templadita. Desde dentro, vimos aparacer el sol entre nubes y palmeras. Una maravilla imposible de describir con palabras:
Nos pegamos una ducha con agua calentita en las duchas de la playa -que estaban hechas de madera y totalmente camufladas- y nos fuimos otra vez a ponernos hasta arriba en el desayuno. Era una maravilla, porque la bollería era francesa, con unos croissants y pain au chocolat increíbles, variedad de quesos, etc.; luego tenían zumos de frutas exóticas y mermeladas de piña, plátano, tiaré y piña con vainilla (esta última estaba tan buena que no nos resistimos a comprarla en la excursión). Aparte de todas las cosas típicas en los bufet de desayuno. ¡Una gozada para unos "zampabollos" como nosotros!
La mañana la echamos tomando el sol en la playa, haciendo snorkel (no te cansabas de ver peces de colores) y haciendo paddle surf. Picamos algo en el bar de la playa (después de nuestros superdesayunos no necesitábamos mucho) y nos fuimos a la piscina por la tarde.
Esa noche, lá última, nos dieron mesa para cenar en el muelle. Estaba todo iluminado y, como el agua era transparente y el fondo claro, vimos pasar todo tipo de peces, hasta una manta. ¡Fue increíble! El entorno, la música, la comida (y, por supuesto, la compañía) era todo perfecto. Todo, salvo que al día siguiente nos teníamos que ir de allí. Menos mal que la pena se compensaba con el destino siguiente: ¡¡Bora Bora!!
Imprimir
Nos pegamos una ducha con agua calentita en las duchas de la playa -que estaban hechas de madera y totalmente camufladas- y nos fuimos otra vez a ponernos hasta arriba en el desayuno. Era una maravilla, porque la bollería era francesa, con unos croissants y pain au chocolat increíbles, variedad de quesos, etc.; luego tenían zumos de frutas exóticas y mermeladas de piña, plátano, tiaré y piña con vainilla (esta última estaba tan buena que no nos resistimos a comprarla en la excursión). Aparte de todas las cosas típicas en los bufet de desayuno. ¡Una gozada para unos "zampabollos" como nosotros!
La mañana la echamos tomando el sol en la playa, haciendo snorkel (no te cansabas de ver peces de colores) y haciendo paddle surf. Picamos algo en el bar de la playa (después de nuestros superdesayunos no necesitábamos mucho) y nos fuimos a la piscina por la tarde.
Esa noche, lá última, nos dieron mesa para cenar en el muelle. Estaba todo iluminado y, como el agua era transparente y el fondo claro, vimos pasar todo tipo de peces, hasta una manta. ¡Fue increíble! El entorno, la música, la comida (y, por supuesto, la compañía) era todo perfecto. Todo, salvo que al día siguiente nos teníamos que ir de allí. Menos mal que la pena se compensaba con el destino siguiente: ¡¡Bora Bora!!
Imprimir
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

































